Hay palabras que, cuando las pronuncias en voz alta, te enamoran. Te llaman.
Hace poco me dejé llevar por el adjetivo crujiente, y terminé en una mesa redonda de lo más interesante.
¿Qué hace que algo cruja?
Más allá del gusto, lo crujiente es textura, sonido, fricción. Es una vibración mínima que anuncia que algo está ocurriendo.
Lo crujiente es una cualidad estética que, sin ser protagonista, intensifica y eleva las experiencias. Es una capa sensorial, física y sonora que se suma a otras percepciones.
Imaginamos así un crujiente estético: experiencias, hechos y sensaciones que complementan y refuerzan otras experiencias primarias. Una especie de relieve invisible que vuelve más denso lo que leemos y escuchamos.
Pero lo crujiente no vive solo en la boca.
Crujen los huesos cuando nos movemos.
Cruje el cuerpo cuando cambia de posición.
Cruje la fricción entre cuerpos que se rozan.
Crujimos por dentro cuando algo nos desplaza.
Cruje el cerebro delante de una hoja en blanco.
Quizás lo crujiente sea también eso: el sonido íntimo del movimiento, la señal de que algo se está acomodando.
¿Podemos pensar entonces lo crujiente como una especie de realidad virtual de lo literario? Una experiencia 3D de la palabra escrita. No solo lo que se dice, sino lo que vibra alrededor de lo dicho.
Lo crujiente como lenguaje.
Lo crujiente como fricción.
Lo crujiente como prueba de vida.
Y tu dirás, ¿qué tiene que ver esto con la traducción? El halo poético de las palabras es un espacio que hay que cultivar, porque cuando se traducen ciertos tipos de textos no se trata solo de elegir el término correcto, sino de captar la vibración, el tono de voz, ese detalle que transforma lo escrito en algo que resuena con el texto original, y conserva sus "crujidos".
Alimentar esa sensibilidad nos permite crear textos más densos, donde cada palabra mantiene su fuerza y su textura. Al fin y al cabo, traducir es un acto de cuidado y de escucha.